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viernes 14 de octubre de 2011

El partido del siglo

Tomás lleva el balón agarrado al brazo, como un semidiós agarrando el mundo en el que habitáramos. Tiene las piernas exageradamente largas, sin depilar y unos botines de baloncesto, lo que deja entrever que el fútbol nunca fue para él una pasión:


- Avui jugarem “el partido del siglo” - Tomás suelta la frase y se gira con una pícara sonrisa. Ese juego de idioma demuestra el tono jocoso con el que emplea la coletilla tan manida en ese fútbol que cada día es menos deporte.


Pedro, que luce larga coleta despeinada y gafas, corre tras él para quitarle a Tomás la bola del brazo y empezar a darle patadas. Y en ese preciso instante, en ese momento en el que la pelota acaba de botar dentro del patio interior de un centro social, es cuando da comienzo el partido del siglo. El inicio no lo determina un árbitro, no, lo marca ese instinto animal que nos hace girar a todos la cabeza cuando el esférico rueda por el improvisado teatro de los sueños.


En democrática asamblea popular se determinan los equipos, buscando la repartición de la calidad y el consenso, cuya finalidad es dar con dos equipos nivelados de trasparente estructura horizontal. No quieras para tu equipo lo que no quieres para la sociedad. “Jefri”, que tiene 15 años y como los grandes brasileños juega descalzo (los zapatos le muerden) marca el primer gol terminando una jugada que comenzó en las botas negras de Rocío. Sí, Rocío, no existen partidos de fútbol serios si no hay una representación femenina en el “césped”. Hablando con ella me entero de que pertenece a esa primera generación de chicas que, quitándose el corsé histórico y machista que les impedía hacer cualquier deporte que no se realizase con mallas, se lanzaron a dar patadas a un balón en esa histórica zona social habilitada exclusivamente para hombres.


- Ahora lo tienen fácil, hace diez años teníamos que jugar en el equipo de los chicos. Y quien dice jugar, dice simplemente entrenar. No había opción a tener ficha de la federación si eras una niña. Pasaron tres o cuatro años largos hasta que pudimos hacer un equipo femenino en el barrio - Rocío lleva años sin tocar una pelota, pero según le llega el esférico deja entrever que guarda el estilo de quien se dejó las rodillas en campos de tierra. Eso nunca se olvida.


El empate llega poco antes del final. Cuando ya las fuerzas se acaban y hay más gente andando que corriendo. Lo consigue Hugo (recién llegado de la Bolivia indígena que lleva en el rostro la dureza genética de su pueblo) de disparo lejano, después de rebotar en la espalda de un defensa. Goles así, en mi barrio se llaman “churros” y así se lo hago saber; él me devuelve la sonrisa de quien por un momento se ha olvidado de la lejanía, con la seguridad de saber que un campo de fútbol de la Cordillera de los Andes no se diferencia a la pista interior de un centro social de Palma si en los dos corre el balón.


Como no tenemos nada que ganar, ponemos fin al partido con un empate. Determinamos que esto hay que repetirlo, y que si en ese fútbol plagado de millonarios juegan falsos partidos de siglo cada tres meses, nosotros, que nos asiste la razón, la humildad y la amistad, podemos jugarlo cada semana. Y así espero que sea.

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