De Aïdadelmar fui antes admirador que amigo; rompió el proceso natural por razones que no vienen a cuento. Intelectualmente inquieta, ávida lectora, confiesa que se hizo docente para aprender, siguiendo la recomendación de Séneca. Por una extraña animadversión hacia el autor (motivo de nuestras más profundas discusiones), nunca leyó El pintor de batallas pese a su reconocida pasión por los faros. Mira al mar como quien se agarra a la infancia, y habla de Almería con la misma ilusión/pasión con la que escribió Juan Goytisolo de Nerja (autor por el cual jamás discutiremos). Guarda en todos sus bolsillos páginas arrugadas de Rayuela, con apuntes en lápiz en sus esquinas escritos, por supuesto, en catalán. Aunque ella no lo sabe, le debe a este blog una conversación/discusión sobre literatura. Hoy no pintamos con tiza recuadros en el suelo de nuestra infancia como Cortázar, toca hablar de otras cosas. Llego tarde a nuestra cita en Literanta, me espera dando sorbos a un Proust de cava (en este cóctel no es recomendable mojar la magdalena) con la compañía de K. que da tragos a la Heineken y lee a Bukowski.
El Tribunal Superior de Justicia de Catalunya avisa a la Generalitat que el Supremo detecta indicios de inconstitucionalidad en el modelo de inmersión lingüística recogido en el Estatut. Parece que la batalla entre los organismos estatales y la Generalitat no tiene fin. ¿Es importante la inmersión lingüística para el futuro de la lengua catalana?
No sólo es importante, sino que es imprescindible. Partimos de la base de que la situación del catalán, tanto en Cataluña como en el resto de comunidades en las que ésta es lengua original del territorio, es de diglosia, es decir, convive con otra lengua (el castellano) que, a día de hoy, y “gracias” a la opresión del estado central durante tres siglos (remontémonos a los Decretos de Nueva Planta que impusieron el castellano como lengua oficial en las escuelas y en la Administración, además de cerrar gran parte de las universidades catalanas, impulsoras de la cultura propia), es una lengua mayoritaria.
Ante esta situación, el pueblo y las autoridades catalanas toman consciencia de la importancia no ya sólo de su lengua sino de su cultura y deciden implantar, por ley, la inmersión lingüística en sus centros educativos, pues sólo de esta manera conseguirán hacer frente a la fuerza con que el castellano está abriéndose paso en el territorio.
¿Consideras justa la discriminación positiva en este tema?
Desde luego.
¿No te parece autoritaria dejando en segundo lugar a la lengua castellana que, al fin y al cabo, también es oficial?
En absoluto. Estoy cansada de escuchar siempre los mismos argumentos demagógicos con respecto a este tema y me gustaría que la gente se informara un poco antes de opinar sobre aquello que desconoce (algo muy frecuente en el ámbito de la educación, en el que, al parecer, todo el mundo es experto últimamente).
Pero volvamos al tema: la lengua castellana no ha estado ni está en situación de inferioridad en ninguna comunidad autónoma (he vivido 5 años en distintos lugares de Cataluña y 15 en Baleares), entre otras cosas porque es la tercera lengua más hablada en el mundo, mientras que sí lo está el catalán, cuyo uso es cada vez menos frecuente, quedando, poco a poco, relegado a situaciones espontáneas de oralidad (en familia, entre amigos...) y folklore. Ahí es cuando interviene el contraargumento “¿Y por qué frenar un proceso natural?” y cuando yo me pregunto si es natural la imposición de una lengua con la que no te identificas, como se ha hecho desde el siglo XVIII, pasando por el Franquismo y acabando con gobiernos centralistas presuntamente democráticos que recortan libertades y contribuyen, conscientemente, al deterioro de una lengua y una cultura que, por lo visto, amenazan la cohesión de su país. “¡Si al fin y al cabo lo importante es entenderse!”, dicen otros. Bien, a éstos eruditos/as les compadezco por su falta de consciencia cultural, pues si lo único que se valora en una lengua es su funcionalidad, me temo que la realidad es todavía más cruda de lo que imaginaba. Me gustaría que, por un instante, esas personas pudieran realizar un acto de empatía con todos/as aquellos/as que aprendimos a leer y a escribir, a pensar y a soñar, a amar y a desesperar... a sentir, en definitiva, en catalán. Me gustaría saber cómo reaccionarían si un buen día alguien viniese a imponerles una lengua más práctica, más funcional, como pudiera ser la inglesa, y tuviesen que renunciar a su pasado, a sus raíces, a esa parte inherente a ellos/as, de la noche a la mañana. O, lo que es aún peor, si viesen cómo, de forma lenta, pero constante, su cultura y la de sus antepasados agoniza de manera que casi se puede palpar su extinción.
Teniendo en cuenta lo expuesto, es lógico que la Generalitat haya dicho que “ni un paso atrás” en lo que respecta a la inmersión lingüística.
Centrándonos en el tema de la inmersión en la escuela, y aunque sea evidente después de lo expuesto hasta ahora, soy absolutamente partidaria de una discriminación positiva del catalán, ya que no concibo el concepto de igualdad como dar a todos lo mismo, sino como dar a cada cual aquello que necesita. Y, en estos momentos, la lengua catalana necesita el mayor apoyo posible para su conservación, cosa que sólo puede lograrse mediante una educación en la que ésta sea vehicular. Me cuesta creer que alguien pueda argumentar que el “50%-50% es lo más igualitario” cuando es incuestionable (está ampliamente documentado) que, si no se realiza una inmersión en las escuelas, los/as alumnos/as procedentes de otras partes de España o de otros países no escucharán catalán en ningún otro ámbito de su vida, puesto que sus familias hablarán otros idiomas y será el castellano el lenguaje que escucharán en la tele, que leerán en las revistas y que practicarán con sus amigos/as. Los centros educativos se convierten, de esta forma, en el único punto de contacto con el catalán, con el que, además, los niños/as se familiarizan sin ningún tipo de problema (como profesora de catalán que he sido puedo asegurar que es fascinante la capacidad que tienen para absorber los más variados conocimientos), sino que es su entorno más cercano el que, a través de sus prejuicios, predispone negativamente a los chavales/as contra una lengua que ellos/as aceptan de la forma más natural.
Reducir el catalán a la mitad de las horas lectivas es, por tanto, condenarlo a la más absoluta marginalidad y, en mi opinión, eso lo sabe muy bien el gobierno que, evidentemente, no va a prohibirlo, pero sí a relegarlo a una categoría de segunda (más aún, si cabe) atacando directamente el único pilar que, a día de hoy, sustenta la lengua: la educación.
No sé si te llegué a contar la conversación que tuve con un independentista catalán en Acampada Palma. Me dijo que aunque la protesta no tenía tintes independentistas sí avanzaba para que llegado el momento su voz y posición contaran. Estar juntos para llegar más lejos aunque nuestros caminos se bifurquen en un futuro. Metiéndonos en temas políticos (sin olvidar los lingüísticos, algo importante también en este tema), creo que el ombliguismo nacionalista ha hecho mucho mal a la izquierda.
Estoy de acuerdo con el independentista catalán. Todas las acciones que vayan dirigidas a reciclar el actual Sistema y a sentar las bases de una democracia participativa real favorecerán el uso, en un futuro, de herramientas de participación, como pueda ser el referéndum vinculante. Por tanto, pienso que el movimiento #15M o cualquier otra iniciativa que tenga como intención dar un giro hacia la izquierda será positiva para los derechos y las libertades de los ciudadanos, sean éstos de tintes independentistas o no.
Sobre el ombliguismo nacionalista, ¿te refieres al español? En ese caso, desde luego ha hecho daño a la izquierda, persiguiendo y oprimiendo (de manera más sutil o menos) todas aquellas culturas que “amenazaran con desvertebrar el país”, es decir, imponiendo una cultura única en lugar de aprovechar la riqueza que da la pluralidad. Personalmente, creo que esa fobia a la diferencia denota una importante falta de cultura o, lo que es peor, un desprecio visceral por la cultura, y eso es algo que, bajo ningún concepto, deberíamos permitir a los dirigentes de un país.
No he querido cortarte pero me refería más bien al nacionalismo catalán, vasco e incluso al gallego. Estoy de acuerdo que el nacional-catolicismo oprimió durante muchos años a la izquierda (puede que, en buena parte, lo siga haciendo) pero hoy es un punto de unión, desde Puerto Real hasta Irún, un enemigo concreto; en cambio los demás nacionalismo, que, sobre todo en Euskadi, llevan una arraigada ideología de izquierdas, el mirar por los intereses de la clase obrera desde una posición geográfica concreta y no por el interés global de la misma, debilita las acciones y facilita la opresión.
En este caso, discrepo. La izquierda está fragmentada casi por definición y no creo que los nacionalismos tengan demasiado que ver en ello. De hecho, para mí son dos luchas distintas que, aunque a menudo van de la mano, no necesariamente comparten sus objetivos (recordemos que no todo el nacionalismo es de izquierdas). Por otro lado, algo me hace pensar que si la presunta izquierda (y no me refiero ya a partidos, en abstracto, ni a políticos concretos, sino a ciudadanos particulares que se hacen llamar progresistas) fuese realmente tolerante con las características definitorias de las culturas minoritarias, sería mucho más sencillo para los movimientos nacionalistas encontrar puntos en común y aunar esfuerzos con otros movimientos de izquierdas.
¿Cómo ves el panorama tras el 20N? Supongo que, en línea con lo que viene pasando en Europa, se castigará al gobernante en beneficio del partido de la oposición. Todo el mundo al suelo.
¿Sinceramente? Me da miedo. Mucho miedo. Aunque imagino que debemos asumir que el castigo al gobierno en el poder (sea conservador o progresista) es una reacción lógica (y no poco merecida) que, como bien dices, está ocurriendo a lo largo y ancho de Europa. Pero, ojo, con asumir no quiero decir conformarse, sino intentar aceptar que se está iniciando un proceso de cambio a nivel mundial y que las transformaciones de base no se logran en cinco meses. Las revoluciones no surgen, como nos cuentan los libros de texto, de la noche a la mañana, sino que son gestadas durante largo tiempo en un caldo de cultivo que, bajo mi punto de vista, está entrando en ebullición. Es más, no quisiera pecar de optimista, pero creo (y espero, sinceramente) que los movimientos ciudadanos (dicho así por abarcar otros, más allá del 15M) se radicalizarán en respuesta a un gobierno ultraconservador que anuncia sin reparos medidas tan descabelladas como la privatización de la Sanidad y la Educación. Sin duda, lo peor está por llegar y creo que, entonces, tanto la verdadera izquierda como las masas neutras e incluso personas con pensamiento neoliberal que, hasta el momento, creían tener la vida solucionada, reaccionarán ante el abominable recorte que se va a hacer a sus derechos. Porque ya nadie está a salvo y mi esperanza, hoy por hoy, nace de la desesperación colectiva que, dentro de pocos meses, será todavía mayor. Si, por el contrario, los conservadores consiguen un crecimiento económico que limpie la imagen del país (a base de recortes sociales y demás medidas que violen nuestros derechos, sin despeinarse, como acostumbran a hacer) es probable que el pueblo recobre una confianza que sería excusa perfecta para otras tantas décadas de letargo. Si eso ocurre, la verdad, no sé si seré capaz de soportarlo.
Me gusta esa puntualización de grupos sociales o de ciudadanos más allá del 15M. Creo que la principal victoria del movimiento ha sido abarcar en un solo frente a distintos movimientos sociales. Ahora se trabaja en conjunto y no son acciones aisladas sino grupos de trabajo dentro de una organización más grande y mejor planteada. ¿Ves futuro en esta revuelta social espontánea o, como bien has dicho, habrá recuperación económica en base a recortes sociales y la gente puede llegar a acomodarse?
Si te soy sincera, todavía no tengo claro si esa agrupación no ya sólo de movimientos, sino de personas de ideologías tan distintas es un acierto o un fallo. Es decir, como punto de partida no imagino otro mejor: cientos de miles de personas de pensamiento diametralmente opuesto son capaces de unirse para luchar por unos mínimos comunes. Creo que fuimos muchos los afortunados que vivimos ese ambiente de ensueño durante los primeros veinte días. Hasta aquí perfecto. Pero ¿qué ocurre cuando deben empezar a tomarse decisiones, cuando hay que posicionarse al respecto de temas ineludibles? Que el movimiento empieza a seccionarse y el trabajo en gran grupo que comentas comienza a perder coherencia. Hay quien dice que no puede llevarse a cabo con éxito un movimiento carente de ideología y estoy de acuerdo con ellos, pero afortunadamente no creo que sea el caso que nos ocupa; el #15M es un movimiento apartidista, pero en absoluto apolítico y por eso sigo confiando en él, siempre y cuando se dejen a un lado los prejuicios y se tome consciencia de una vez por todas de que debemos luchar por esas cuestiones que, hace cinco meses, nos llevaron a todos a la calle a gritar que Basta Ya. Todavía queda mucho por hacer y reconozco que desmoraliza bastante ver cómo, con el tiempo, el 15-M ha empezado a perder fuerza (o eso parece, veremos qué ocurre el 15 de octubre, en la tercera manifestación convocada por DRY), pero lo que es indudable es que lo que está ocurriendo, tanto aquí como en el resto de países del Primer Mundo (compararlo con la situación de la Primavera Árabe no me parece adecuado, aunque haya claras similitudes), es algo sin precedentes desde que tengo uso de razón. Que haya un grupo organizado de personas que, a nivel nacional, se dedique a parar desahucios, me parece impresionante, que cada vez cueste menos salir a la calle a quejarse por las injusticias políticas y sociales, es sin duda significativo. Lo que no puede es pedírsele a un movimiento espontáneo, en una sociedad sin tradición democrática, que resuelva en cinco meses los problemas que no han resuelto los políticos durante los últimos treinta años. Estamos despertando del letargo y, aunque a veces temo que el pueblo, al estabilizarse la situación de crisis actual, pueda volver a dormirse, tengo la esperanza de que lo ocurrido aquel 15 de mayo, así como los meses posteriores, siente de algún modo jurisprudencia e implique un punto de inflexión que sirva como punto de partida para un cambio real a medio plazo.
Te confieso que me sorprendió gratamente la multitudinaria participación en favor de la Educación Pública y en contra de los recortes. Como docente cómo ves el futuro de la enseñanza pública.
Como docente, veo el futuro con cierta angustia, pues los recortes en Educación son el pan de cada día y más desde la mayoría aplastante del PP en las elecciones autonómicas. Me parece, además, que actitudes como la de Esperanza Aguirre hacia los profesores de la Comunidad de Madrid no hacen sino contribuir aún más, si cabe, al desprestigio de la figura del docente (que si se quejan por trabajar un par de horas más, que si no son capaces de hacer un esfuerzo por sus alumnos/as...). Y eso es algo que me parece totalmente injusto, pues creo que nadie es consciente de la dificultad que supone dedicarse a esta profesión en la actualidad, con la falta no ya sólo de educación y respeto sino de motivación e interés de gran parte del alumnado. Y es que nadie puede imaginar, hasta que pone sus pies en las aulas, lo que significa realmente el trabajo de un profesor/a y el esfuerzo que requiere si se quiere ser competente (evidentemente, también los habrá cuyo objetivo sea cobrar a final de mes y no se impliquen, pero te puedo asegurar que se trata de una minoría).
A diferencia de lo que piensa la Condesa de Murillo el trabajo de un profesor va más allá del trabajo en el aula.
Implica dedicar tanto tiempo como sea necesario a la búsqueda y confección de materiales didácticos, a la programación, a la continua autoformación y reciclaje, a la escucha activa de los problemas de los alumnos/as, a la atención individualizada de cada una de sus necesidades (distintas, evidentemente, en cada uno de ellos/as), por no hablar de la responsabilidad que conlleva el hecho de tener a varias decenas (o incluso centenas, en el caso de los especialistas) de alumnos/as a tu cargo, no sólo en lo que respecta a la formación, sino a la educación en el sentido más integral; muchos de esos chavales pasan más tiempo con su profesor que con su familia y, a menudo, la figura de referencia para ellos/as es la del docente. No estamos tratando con números, con datos o con materiales, como en muchas otras profesiones, sino que estamos trabajando con personas, y no sólo eso, estamos trabajando con personas vulnerables, en fase de crecimiento, cuyo proceso de formación personal acompañaremos, mucho más allá de enseñarlas a leer, a escribir o a multiplicar. Ser profesor/a, perdón, ser un/a buen/a profesor/a es muchísimo más que llevar a cabo una transmisión de conocimientos y quien no sea capaz de verlo evidentemente se ha quedado anclado en el pasado, cuando el maestro/a era la fuente de sabiduría y los alumnos/as se limitaban a memorizar conceptos descontextualizados sin el menor sentido para ellos/as. A día de hoy, afortunadamente, el concepto de educación va mucho más allá que la mera transmisión de conocimientos vacíos y ni que decir tiene que la escuela (pública) tiene un importante componente socializador, sin el que no podríamos desarrollar determinadas habilidades imprescindibles para una formación integral. Además, la escuela (pública) es un indiscutible punto de encuentro entre distintas culturas, así como el modo más sencillo de contacto con la cultura del territorio, cosa que favorece la integración al tiempo que impulsa una educación basada en el respeto y la tolerancia, en la que se aprende a percibir la diferencia como algo positivo. Éstos son sólo algunos de los muchos valores que se tratan de manera transversal tanto en las clases de Lengua y Matemáticas como en el recreo o por los pasillos. La escuela (pública) pretende, precisamente, educar personas libres, con pensamiento crítico, cosa que a los gobiernos no les interesa en absoluto.
Dicho esto, no sorprenderá que me parezca abominable la privatización del sector, pues no concibo el concepto de educación si ésta no es pública. Es más, me parece tan aberrante la simple idea de negar un derecho tan básico como éste que tengo la esperanza de que, tanto docentes como familias y alumnos/as luchemos con uñas y dientes para garantizar la escolarización que, hasta los 16 años, es obligatoria, por ley. Y eso sólo puede conseguirse mediante una educación pública, teniendo en cuenta que hay muchísimas familias que no pueden permitirse el lujo - ni tendrían por qué hacerlo - de pagar una cuota mensual para que sus hijos/as vayan a la escuela.
Y eso es lo que, poco a poco, quiere conseguir el gobierno conservador, aplicando medidas que limitan un derecho tan básico como éste. En Baleares, sin ir más lejos, el curso pasado había más de 700 profesores interinos (y ya había bajado el número con respecto a años anteriores), mientras que en el 2011-2012 sólo se ha llamado a unas 360 y pico personas. Así pues, no se están cubriendo las bajas, lo que supone dejar a los alumnos/as sin cobertura durante gran parte del curso (como en el caso de los cuatro meses de maternidad), pero es que además la ratio ha aumentado nuevamente, cosa que dificulta la posibilidad de cubrir las necesidades de todos y cada uno de los niños/as, (de hecho, está más que demostrado, desde hace décadas, que la primera medida para mejorar la calidad de la enseñanza es disminuir el número de alumnos/as por profesor/a para favorecer una mejor atención). También se han retirado becas, se han suprimido programas de refuerzo escolar gratuito (lo cual afecta especialmente a los alumnos/as inmigrantes, usuarios mayoritarios de estos servicios), además del 5% de reducción en los sueldos (detalle que no me parece tan grave, teniendo en cuenta que cientos de miles de personas se han quedado en la calle desde que empezó la crisis, pero que inevitablemente influye en la motivación del profesorado que, con todo el derecho del mundo, lucha contra estos recortes y tantos otros). Este tipo de medidas son tan o más peligrosas que la privatización directa del sector, ya que consiguen restar calidad a la educación pública sin miedo a una verdadera rebelión por parte del profesorado, ya que llevan a cabo su estrategia de manera paulatina, favoreciendo la educación privada en detrimento de la pública y guetificando así las escuelas gratuitas.
Confieso que fui incapaz de cortar el discurso. Ni un simple monosílabo articulé teniendo en cuenta la claridad de la exposición. Los datos son significativos y la voluntad de prostituir la enseñanza pública adaptándola a la creciente ola neoliberal ya se dejó entrever con el Plan Bolonia (por no hablar de las multinacionales que deciden implantar su plan de negocio invirtiendo en guarderías, véase Florentino Pérez). Las luces de la librería se van apagando y no hay tiempo para más. Ni la noche es tan joven ni nosotros tan viejos, y es por eso que tras haber ingerido buena dosis de alcohol con la mágica compañía de las estanterías repletas de libros (K. no le quitó ojo a la bacanal poética de Bukowski) no nos quedaba la menor duda que habría algún bar abierto para dar refugio a tunantes. En la libreta se quedan docenas de preguntas que tendrán que espera y a nuestra espalda el magnetismo de los libros a oscuras.

inquietante entrevista.
ResponderSuprimirChapeau por el entrevistador y entrevistada. Preguntas diáfanas y respuestas incisivas.
ResponderSuprimirGracias, Jess, tú que nos ves con buenos ojos.
ResponderSuprimirInquietante por qué, Quique?